Las cartas llegaban como periódicos de ayer
esperar entre aquellas luminarias, permanecer
embobados mecidos por las nubes del tiriak
era una deliciosa temeridad. Las voces no cesaban
y los tantanes, hipnóticos e interminables
poco a poco acupaban el lugar de los nombres
eran ellos mismos los nombres de todo lo inefable
de cuando los ríos oceánicos eran la clepsidra 
del primer día, cuando la piel del mundo
se componía de todo menos de tu mirada.
Y las cartas se daban por perdidas. Era inútil
disimular: estábamos como imanábamos
que eramos, solo quedaba empezar desde la sangre
desde su silencio germinal, desde su dimensión
solar, escuchar a las piedras rezar a los abismos
descubrir cada día que el sol se disuelve en la boca
de un ser desconocido, de un ser omnipotente
y aterrado que nos habita hasta despertarnos, sollozando.
Y así fue, pero solo por un instante. Un perro ladrando
virtuosamente convocaba a los ladrones ociosos
y las tiendas abrían perezosamente sus párpados
los escaparates repletos eran dolorosamente ridículos,
Algunos parados chupaban la tarde en círculos
una mujer muy grande perseguía su aburrimiento
que con familiaridad obscena perseguía a su hijito,
arboles y pajaros se mantenian al margen mientras
unos ejecutivos pasaban raudos hacia algún sótano.
Eche de menos las pescaderias, pero dibuje el mar.
El Norte estaba hermosamente tomado, si duda
había llegado el momento de, sin abandonar tus cosas,
las que fotocopian tu infancia, partir hacia Abisinia.
Oops!
Oops, you forgot something.